Ya estoy en mi casita, por fin. Mi abuela me recibió con arroz blanco, biftec encebollado y amarillos. Yo la amo. El aterrizaje fue un poco errático, y lo peor era que el avión era el mismo modelo que se estrelló en Canadá. Luego de un mes por el Viejo Continente no podía esperar llegar a Puerto Rico. Siempre me siento bien cuando el avión pasa por encima de la Laguna San José y aterriza en el Muñoz Marín. Hasta el tapón de la Baldorioty me recibió con las manos abiertas (y no estaba tan malo porque era viernes).
Ahora de lo mundano a lo sublime, Paris.
Fue una buena decisión dejar Paris para el final. Sin duda Paris es LA CAPITAL de Europa, punto (NY tiene un lugar muy especial en mi corazón y sigue siendo la Capital del Mundo). No la puedo comparar con ninguna otra de las ciudades de Europa. Por más cheesy que suene, la primera vez que ví la Torre Eiffel se me escapó un Wow.
Recomendación a todos los viajeron que vayan a Paris con un backpack, reserven su hostal con mucho tiempo de anticipación. Los hostales parisinos son pocos y caros, y cuando fui a
HostelWorld a reservar me tuve que conformar con un hostal con un rating de 40% en limpieza. Efectivamente, la alfombra no había visto vacuum desde Napoleon. En verdad no era un hostal como tal, sino una compañía que alquiló seis apartamentos, con seis camas cada uno, y te asignan en distintos sitios de la ciudad. El nuestro quedaba en Montmatre (Distrito 18), a cinco minutos de Sacre Cour, el punto más alto de la ciudad.
Lo primero que hicimos fue subir a Sacre Cour para ver la vista. Por la noche salimos con la gente del hostal (dos gringos y un inglés). Subimos de nuevo a Sacre Cour a beber cerveza y ver la gente cantando, gente jugando con fuego, marionetas. Luego bajamos a un supuesto "Irish Pub" que tocaba el soundtrack de Grease. All in all fue una noche super interesante.
Al otro día hicimos el recorrido turista clásico, comenzando por la Torre Eiffel, caminando hasta el Arco del Triunfo, los Campos Elysios, el Louvre, terminando en Notre Dame. En la plaza frente a la Iglesia habían montones de 'street performers', incluyendo unos muchachos dando vueltas en el aire con patines. Su dedicación era evidente porque a todos le faltaban tres o cuatro dientes. Por la noche la chef Ana María deleitó a todos con sus famosa pasta con carne.
El jueves lo dedicamos al Louvre. Nuestra idea original era pasar de cuatro a cinco horas en el Museo, pero es imposible. Además de ser inmenso, hay tantos y tantos turistas que se hace imposible navergarlo con tranquilidad. Frente a la Mona Lisa habían tantos turistas asiáticos tomando fotos (en vez de comprar un postcard que se ve mejor) que al pobre Gaby le dieron tres codazos, cuatro pisotones y 25 miradas. Personalmente me gustó mucho la colección del renacimiento y sobre todo la colección de pinturas de Napoleón. Conciente de la importancia de su imagen pública, el Emperador comisionó decenas de pinturas gigantes reflejando momentos célebres en su vida. Como si se tratara de un político moderno, a Napoleón lo pintaban con sus soldados heridos, tratando a los enfermos, dirigiendo las tropas personalmente. Hay un cuadro cuando el le da la mano sin guantes a un soldado enfermo de peste, mientras sus médicos se tapan la boca de asco. Me tengo que leer algún libro sobre Napoleón, se muy poco del Primer Imperio Francés. Esa noche volvimos a subir a Sacre Cour a comer crepas con Nutella y Ana se pintó un retrato.
El último día en Paris fuimos al Mausoleo Nacional donde están enterrados Víctor Hugo, Rousseau, entre otras figuras francesas. Paseamos por los Jardines de Luxemburgo y la Sorbona. Por la noche subimos a la Torre Eifell, cerrando con broche de oro.
Paris tiener un aire milenario, todo parece un monumento, parece tener historia. Contario a la percepción, los franceses nos trataron muy bien (claro, siempre tratabamos de hablar español antes de inglés). Los momento más graciosos los vivimos en el hostal cuando llegó un americano con fatiga y botas militares y una camisa de los marines y una vocecita tan varonil como la de Michael Jackson. Después de interrogarlo, le pregunté si estaba en el ejército y me dijo que no, que iba a enlistarse en noviembre. Después pasó toda la noche contandonos como Dios salvaba a los soldados americanos en Irak.
Todavía me estoy riendo.